miércoles, 26 de marzo de 2008

Falta de confianza.

Veo con preocupación que los análisis de la situación económica coinciden hoy en la prensa:

- "La venta de viviendas se hunde - Blesa dice que «da miedo» el peso del ladrillo en algunos bancos y cajas - Trichet advierte que lo peor no ha pasado." (Íñigo de Barrón, El País)


- "El sector de la construcción, la máquina motriz del crecimiento español, se desploma en caída libre." (Ignacio Camacho, ABC).

Lo cierto es que, a pesar de los largos vaticinios de batacazos y reventones de lo inmobiliario, ningún economista estuvo lo suficientemente fino como para adivinar, ni tan siquiera con el aviso de las "subprime", cuál sería el momento aproximado del comienzo del fin de esa burbuja inmobiliaria.

Pero ya ha llegado, y se queda. Las tres imobiliarias que me cogían de paso al mercado han cerrado. Los edificios de viviendas que construyen enfrente del hospital nuevo están parados, ni un obrero en sus plantas, ni tampoco andamios, ni un camión de ladrillos en movimiento, ni palets alrededor de las obras, ni ruidos de grúa. Ni nada de nada. Vaya, que sí, que han parado.

Y con el paro de las inmobiliarias, los paros de los fabricantes de puertas, de sanitarios, de cocinas... y de todos los inmediatamente afectados, no sólo de los inmigrantes sino también de los currantes españoles, esos que se levantan a las siete cada mañana.

Parece que es una crisis ecónomica. Pero no es así.

En realidad es una crisis crediticia, de confianza, más psicológica que otra cosa. Los bancos no se prestan entre ellos porque no se fían. Se miran de arriba abajo y se quedan congelados, sin liquidez por falta de credibilidad.

Uno creía que eso de la confianza, la fiabilidad, afectaba, sobre todo, a las relaciones personales más íntimas, a la amistad, al matrimonio, a la religiosidad... Pero no, por lo visto afecta a los bienes más tangibles, como al ladrillo y al cemento, o, mejor dicho, a los que venden ladrillos y cemento, a los que prestan para comprarlos. Y, seguramente, esa es la razón por la que los economistas -que no son sino los supercontables de ladrillos y de sacos cemento, de acciones y valores- no se habían percatado de lo que se nos avecinaba. Primero, que si aterrizaje suave, luego, que si turbulencias puntuales... Nada, ha sido casi de repete, y no se han enterado hasta que no se nos ha echado encima.

Estos chicos de las cuentas, que van de adivinos y no pasan de charlatanes, han sido incapaces de saber cuánto vale un peine en esto del crédito y la confianza entre banqueros, y entre banqueros y promotores, y de la que más cuenta, la de los consumidores. Efectivamente, la confianza también cotiza. Y ahora van a tener que sufrir mucho, estos contables chulos, para que volvamos a creer en ellos, que no valoran -ni sabrían- la confianza en el mercado, algo que sí huele y valora toda ama/o de casa cuando se acerca al puesto del pescado.

Así que, sin confianza no hay crédito. Sin crédito no hay liquidez. Sin liquidez no hay ladrillos. Sin ladrillos no hay casa. Sin casa no hay matrimonio. Y sin matrimonio no hay misa, ni fe, ni confianza, ni hijos que la traigan y hagan crecer. Salvo esos espurios, que un día se harán economistas -por lo de la falta de su reconocimiento-. Pero nosotros, entonces, tampoco los querremos ni, mucho menos, confiaremos en ellos.

Pero eso ya no es economía, es una putada psicológica.

(c) josemaría martíns - 26-03-2008 - Precedente.NET

No hay comentarios: